Eres culpable (final)
Los telegramas seguían acumulándose en la papelera hasta que en la hora diecisiete del sexto día dejó de recibirlos. En total había recibido ciento treinta y ocho telegramas. Todos ellos con el mismo mensaje. Sólo decían: “Eres culpable”. Exhaló un suspiro de alivio, ¿habría terminado la pesadilla por fin? Se recostó en su sillón de terciopelo rojo con orejas para echar la siesta, cuando sonó el teléfono y habló una voz dura, grave, como de hombre, pero siendo de mujer y sólo dijo: “Eres culpable” y colgó. Dejó caer el auricular con los ojos en blanco, alucinado. Se quedó parado varios minutos sin saber qué reacción tener y de repente, empezó a gritar desaforado “¿Dónde estáis? ¿Qué coño queréis? ¡No podréis conmigo jodidos cabrones!”. Comenzó a caminar por la habitación, histérico, dando vueltas y vueltas a grandes zancadas, girando alrededor de la habitación intentando escapar de una amenaza invisible. Se cogía del pelo con la mirada fuera de las órbitas agarrándose diferentes mechones cada vez queriendo que algo de su cabeza saliera de allí. Se tiraba una y otra vez, y luego sacudía la cabeza fuertemente, sabiendo que fuese lo que fuese que estaba en su cabeza no saldría por el pelo. Después, se golpeaba los oídos con violencia, como si esa voz le hubiera roto los tímpanos, como si esas palabras amenazantes estuvieran dentro de él mismo y no se pudiese deshacer de ellas.
A la hora, volvió a sonar el teléfono y la misma voz dura, grave, como de hombre pero siendo de mujer espetó: “Eres culpable”. Siguió con ese macabro ritual de dar vueltas y vueltas por la habitación, tirándose del pelo y golpeándose los oídos una y otra vez. Daba unos pasos de gigante por la habitación, se cogía un mechón, tiraba con fuerza, luego otro y otro y otro más, sacudía la cabeza, y se golpeaba los oídos varias veces. Había dado una vuelta. Volvía a iniciar su rocambolesco paseo, un par de zancadas, unos tirones de pelo, unas sacudidas de cabeza, unos golpetazos en los oídos. Tras varias horas girando, tirando, sacudiendo, golpeando, andando, agarrando, negando y aporreándose salió al pasillo en una carrera de hipnotizado, con la mirada fija en un punto infinito inexistente, sin desviar la vista en los espejos. Corría como queriendo escapar de su propia cabeza agarrándose el pelo, sacudiendo la cabeza y tapándose los oídos una y otra vez. Lloraba. Corría. Gemía. Oía sonar el teléfono cada hora, pero ya no lo cogía. “¿Qué coño queréis de mí?” Gritaba reiteradamente. Enrabietado, llorando como un bebé, cogió unas tijeras de podar y cortó con toda la rabia que pudo el cable de todos los teléfonos de toda la casa. Después, en unos segundos de lucidez ordenó que se matara a cada mensajero, cerró la oficina postal y prohibió los telegramas, y el correo, y las notas en papeles, y las cartas de amor, y los mensajes de navidad. Nadie nunca más pudo escribirse un te quiero en una servilleta o un tienes que ir a la compra en un post-it en la nevera.
Terminó su carrera hacia fuera de sí mismo y abrió la ventana, aliviado, esperando recibir el olor a jardín recién regado que debería estar subiendo desde la calle. No más telegramas, no más llamadas. Pero el aire sólo le devolvió un murmullo de fantasmas reales de mujeres sentadas en el patio de la entrada que le miraban tristes, esperanzadas y enfadadas a la vez y que sólo decían: “Eres culpable”. En una sola voz, dura, grave, como de hombre, pero siendo de mujer. Cerró las ventanas de un portazo, salió corriendo por los pasillos en mitad de su locura, agarrándose el pelo, cerrando todas las ventanas de la casa y golpeándose los oídos para no oír más. Pero el sonido del aire era más fuerte. Traspasaba las fuertes paredes de ladrillo de piedra. Solo decía: “Eres culpable”.
Antes de verse girando y girando, tirándose del pelo y golpeándose los oídos de nuevo, prefirió hacer encerrar a todas las mujeres. Se hicieron ciudades-cárcel al otro lado del mundo y las envió allí a todas, para que ninguna pudiera llamar, escribir o gritar más esa frase endemoniada. No quedaron mujeres por la calle, ni en las casas, ni en el campo. El mundo se hizo masculino.
Por fin. Esta vez sí que se acabó la pesadilla. Se sentó en su sillón de orejas, protegido del mundo, enfrente de un espejo gigante que engrandecía su grandeza y sus medallas. Iba a disfrutar ahora del silencio de la tranquilidad. Llamó al sirviente para que le trajera la cena. El sirviente, con un cuidado parsimonioso sirvió la sopa con verduras, y al despedirse, en vez de un “Buenas noches, excelencia” como cada día, con voz de mujer sólo dijo: “Eres culpable”. Se frotó los ojos, debía estar alucinando. Hizo un gesto de desprecio como diciendo no tiene importancia, estos nervios me van a matar, necesito descansar. Encendió el televisor. Las noticias enseñaban en crudo las imágenes de la guerra, mostraban en carne viva las cifras de los muertos, de los heridos, desnudaban las lágrimas de tantas madres, hermanas y esposas llorando por sus jóvenes muertos, y el reportero, un señor gordo con bigote, con una voz dura, grave, como de hombre, pero siendo de mujer, le repetía una y otra vez “Eres culpable”, anunciándole una condena por clamor popular a una locura permanente que no le dejaría vivir ni morir nunca.

