22 febrero 2007

Eres culpable (final)

Los telegramas seguían acumulándose en la papelera hasta que en la hora diecisiete del sexto día dejó de recibirlos. En total había recibido ciento treinta y ocho telegramas. Todos ellos con el mismo mensaje. Sólo decían: “Eres culpable”. Exhaló un suspiro de alivio, ¿habría terminado la pesadilla por fin? Se recostó en su sillón de terciopelo rojo con orejas para echar la siesta, cuando sonó el teléfono y habló una voz dura, grave, como de hombre, pero siendo de mujer y sólo dijo: “Eres culpable” y colgó. Dejó caer el auricular con los ojos en blanco, alucinado. Se quedó parado varios minutos sin saber qué reacción tener y de repente, empezó a gritar desaforado “¿Dónde estáis? ¿Qué coño queréis? ¡No podréis conmigo jodidos cabrones!”. Comenzó a caminar por la habitación, histérico, dando vueltas y vueltas a grandes zancadas, girando alrededor de la habitación intentando escapar de una amenaza invisible. Se cogía del pelo con la mirada fuera de las órbitas agarrándose diferentes mechones cada vez queriendo que algo de su cabeza saliera de allí. Se tiraba una y otra vez, y luego sacudía la cabeza fuertemente, sabiendo que fuese lo que fuese que estaba en su cabeza no saldría por el pelo. Después, se golpeaba los oídos con violencia, como si esa voz le hubiera roto los tímpanos, como si esas palabras amenazantes estuvieran dentro de él mismo y no se pudiese deshacer de ellas.

A la hora, volvió a sonar el teléfono y la misma voz dura, grave, como de hombre pero siendo de mujer espetó: “Eres culpable”. Siguió con ese macabro ritual de dar vueltas y vueltas por la habitación, tirándose del pelo y golpeándose los oídos una y otra vez. Daba unos pasos de gigante por la habitación, se cogía un mechón, tiraba con fuerza, luego otro y otro y otro más, sacudía la cabeza, y se golpeaba los oídos varias veces. Había dado una vuelta. Volvía a iniciar su rocambolesco paseo, un par de zancadas, unos tirones de pelo, unas sacudidas de cabeza, unos golpetazos en los oídos. Tras varias horas girando, tirando, sacudiendo, golpeando, andando, agarrando, negando y aporreándose salió al pasillo en una carrera de hipnotizado, con la mirada fija en un punto infinito inexistente, sin desviar la vista en los espejos. Corría como queriendo escapar de su propia cabeza agarrándose el pelo, sacudiendo la cabeza y tapándose los oídos una y otra vez. Lloraba. Corría. Gemía. Oía sonar el teléfono cada hora, pero ya no lo cogía. “¿Qué coño queréis de mí?” Gritaba reiteradamente. Enrabietado, llorando como un bebé, cogió unas tijeras de podar y cortó con toda la rabia que pudo el cable de todos los teléfonos de toda la casa. Después, en unos segundos de lucidez ordenó que se matara a cada mensajero, cerró la oficina postal y prohibió los telegramas, y el correo, y las notas en papeles, y las cartas de amor, y los mensajes de navidad. Nadie nunca más pudo escribirse un te quiero en una servilleta o un tienes que ir a la compra en un post-it en la nevera.

Terminó su carrera hacia fuera de sí mismo y abrió la ventana, aliviado, esperando recibir el olor a jardín recién regado que debería estar subiendo desde la calle. No más telegramas, no más llamadas. Pero el aire sólo le devolvió un murmullo de fantasmas reales de mujeres sentadas en el patio de la entrada que le miraban tristes, esperanzadas y enfadadas a la vez y que sólo decían: “Eres culpable”. En una sola voz, dura, grave, como de hombre, pero siendo de mujer. Cerró las ventanas de un portazo, salió corriendo por los pasillos en mitad de su locura, agarrándose el pelo, cerrando todas las ventanas de la casa y golpeándose los oídos para no oír más. Pero el sonido del aire era más fuerte. Traspasaba las fuertes paredes de ladrillo de piedra. Solo decía: “Eres culpable”.

Antes de verse girando y girando, tirándose del pelo y golpeándose los oídos de nuevo, prefirió hacer encerrar a todas las mujeres. Se hicieron ciudades-cárcel al otro lado del mundo y las envió allí a todas, para que ninguna pudiera llamar, escribir o gritar más esa frase endemoniada. No quedaron mujeres por la calle, ni en las casas, ni en el campo. El mundo se hizo masculino.

Por fin. Esta vez sí que se acabó la pesadilla. Se sentó en su sillón de orejas, protegido del mundo, enfrente de un espejo gigante que engrandecía su grandeza y sus medallas. Iba a disfrutar ahora del silencio de la tranquilidad. Llamó al sirviente para que le trajera la cena. El sirviente, con un cuidado parsimonioso sirvió la sopa con verduras, y al despedirse, en vez de un “Buenas noches, excelencia” como cada día, con voz de mujer sólo dijo: “Eres culpable”. Se frotó los ojos, debía estar alucinando. Hizo un gesto de desprecio como diciendo no tiene importancia, estos nervios me van a matar, necesito descansar. Encendió el televisor. Las noticias enseñaban en crudo las imágenes de la guerra, mostraban en carne viva las cifras de los muertos, de los heridos, desnudaban las lágrimas de tantas madres, hermanas y esposas llorando por sus jóvenes muertos, y el reportero, un señor gordo con bigote, con una voz dura, grave, como de hombre, pero siendo de mujer, le repetía una y otra vez “Eres culpable”, anunciándole una condena por clamor popular a una locura permanente que no le dejaría vivir ni morir nunca.

Eres culpable III

En la tranquilidad de sus espejos y sus medallas, en su casa de piedra, uno de aquellos tristes días de guerra recibió él también un telegrama, envuelto junto con una bandera y una medalla, esta vez ensangrentadas. Sólo decía: “Eres culpable”. Lo miró bien, no tenía remite, así que lo arrugó de un manotazo y lo encestó en la papelera. Siguió paseando por sus pasillos llenos de espejos pavoneándose, mandando y horrorizando como cada día. A la hora, un mensajero se acercó con un nuevo telegrama. Esta vez sin medalla. Esta vez sin bandera. Pero el contenido era idéntico al anterior. Sólo decía: “Eres culpable”. No le dio mayor importancia, volvió a arrugarlo e intentó encestar, pero esta vez el papelillo no entró en la papelera. Ni se molestó en recogerlo de la alfombra. En su calma habitual de cada día estaba cuando, transcurrida otra hora, llegó un nuevo telegrama. Sólo decía: “Eres culpable”. La cancioncita de los telegramas le empezó a hacer gracia. Debía ser alguna broma, aunque anda que no se estaban tomando molestias con tanto telegrama para no decir nada. Sin embargo, la broma no debía ser tal. Cada hora, puntuales como las campanadas de un reloj de iglesia, estuvo recibiendo durante días telegramas idénticos que sólo decían: “Eres culpable”. La papelera no podía soportar más bolas de papel arrugado. Él tampoco. Cada vez que llamaba el mensajero gritando ¡Telegrama! una sacudida nerviosa azotaba su columna vertebral. Se levantaba de la butaca extendiendo su enorme manaza cansada mientras en su cara se dibujaba una mueca. No se atrevía a tirarlos sin leer, por si alguno de ellos decía algo diferente y conseguía entender qué ocurría. ¿De qué era culpable? ¿Quién le acusaba? Él nunca había hecho nada que no tuviera que hacer. Todo por la patria. Con dos cojones.

No era la primera vez que recibía cartas alabando su gloria, algunas suplicando una clemencia o incluso alguna amenazante. Pero nunca nadie había sido tan insistente. Un telegrama cada hora. Quienquiera que fuera quería ponerle nervioso… y lo estaba consiguiendo. Si alguien te cree culpable de algo es que clama venganza. Alguien le odiaba y quería hacerle daño, no sabía muy bien quién era pero estaba cerca, podía olerlo. Obsesionado, miraba alrededor, ¿quién sería el dueño de aquellas palabras? Se pasaba el día sospechando de cada persona, animal o cosa en un estado permanente que mezclaba el miedo con la ira. Cada vez que escuchaba un ruido se sobresaltaba como si estuviese esperando oír el disparo final que acabaría con su vida. Una luz demasiado fuerte le amilanaba porque le hacía pensar en explosiones, mientras que la oscuridad le provocaba un extraño pavor infantil. No hablaba con nadie porque sabía que todos estaban implicados…si tuviera el valor de asesinarlos a todos con sus propias manos... No se atrevía a comer, ni a dormir, ni a joder, no fuera a ser que alguien le pillara de espaldas, desprevenido. Después de tantos años sembrando el pánico a su alrededor por primera vez sabía lo que era sentir miedo.

(continuará, gracias Caro por los ánimos)

20 febrero 2007

Eres culpable II

Sí, era el dueño del mundo y él lo sabía. Se miraba en todos los espejos, sacando pecho, para lucir las medallas y las condecoraciones que nadie sabía donde había ganado porque nunca fue militar. Le encantaba verse tan grande, tan importante, saber que así le veían los hombres, las mujeres, los niños, los perros... Saber que si él decía sí, todos habrían de asentir con la cabeza, y si decía no, todos temblaban de miedo porque habían metido la pata, y eso se pagaba con la horca como poco. Si él se levantaba una mañana y ordenaba “¡Que se quemen todas las bibliotecas!”, el atardecer se teñía de hogueras sangrientas alimentadas por miles de libros que escupían letras de rabia por entre sus páginas. Si por la noche, antes de acostarse, gritaba “¡Que hagan bibliotecas nuevas!”, antes del amanecer se habían construido elegantes edificios llenos de libros, perfectamente ordenados en preciosas estanterías de mármol de Carrara. Si un día vociferaba:” ¡Que haya guerra!”, la guerra se extendía por cada calle, por cada nube, por cada piedra. Y un día, lo gritó. Y hubo guerra.

Esa mañana, el cielo engriseció, con millones de semblantes enfadados de hombres contra hombres, hombres contra mujeres, ciudadanos contra extranjeros, lo horrendo contra lo bello, lo viejo contra lo joven, lo paupérrimo contra lo opulento… o ¿era todo horrendo, todo viejo y todo pobre?

Hileras de cientos, de miles, de millones de jóvenes, casi niños, salían de sus casas como hormigas del hormiguero los días que amenazan lluvia. Iban a una guerra que se habían llevado fuera del mundo, para que su ruido no ensordeciera los oídos de la gente que seguía inmersa en los sonidos de unas ciudades que trabajan, bullen, viven. Para que su olor a niños muertos no se impusiera sobre los olores a contaminación de esta nueva vida. Para que sus salpicaduras de sangre no tocaran ni las vidas ni las conciencias de todos los que sabían que había guerra y no hicieron nada.

Y cada uno de esos cientos, miles, millones de hormigas que no iban a buscar comida para una tarde de lluvia, sino a defender esa patria abstracta, absurda, vestida de banderas y fronteras en los mapas de papel y amenazada por enemigos inexistentes, se despedían de sus madres, hermanas y esposas con la cabeza alta llena de orgullo, mientras a ellas sólo les quedaban lágrimas conteniendo la pena y el miedo. Y ellos fueron a la guerra. Y lucharon. Y pasaron miedo. Y mataron. Y murieron. Murieron los soldados de unos y los soldados de otros. Las madres, hermanas y esposas de ambos lados dejaron de contener las lágrimas para gritar de rabia:¿POR QUÉ? Todas lo gritaban en el mismo idioma, desde lo más profundo del alma, desde esa parte de nuestro ser que no necesita idiomas para hablar, porque todos lo entienden, da igual de qué parte del mundo seas.


Entretanto, el dueño del mundo seguía quemando y construyendo bibliotecas y mirándose en los espejos luciendo las medallas que nunca luchó, mientras enviaba otras medallas a las madres, esposas y hermanas envueltas en banderas relucientes junto con telegramas que decían: “Lo siento. Stop. Su hijo dio la vida por la patria. Stop. Siéntase orgullosa. Stop ¡Viva la patria! Stop ¡Viva yo!

Y las madres, hermanas y esposas contestaban gritando con el alma, como si fueran una sola, enfrente de su palacio esperando que él las oyera, pero él sólo se miraba en los espejos de su casa de grandes ladrillos de piedra. Y ellas querían que él parara aquello, pero él sólo seguía maquinando horrores nuevos. Nuevas formas de tortura, nuevas leyes bajo pena de muerte, nuevos tipos de armas, nuevas estrategias de guerra. Porque el seguía queriendo la guerra. Con ella, las fábricas de metal para armas ganaban dinero, daban trabajo; las petroleras tenían petróleo más barato, ganaban dinero, daban trabajo; la bolsa caía, otras empresas se arruinaban, pedían dinero a los bancos, que ganaban dinero, que daban trabajo. Y él se empalmaba de poder porque el único que tenía en su mano el destino de todo aquello, era él.

(continuará, si queréis)

14 febrero 2007

Eres culpable

Era el dueño del mundo.

Toda su sangrienta historia de poder empezó cuando tan sólo era el jefe de una pandilla de gamberros mil años antes, cuando era un niño gracioso y fresco, y sus respuestas deslenguadas hacían partirse de la risa a las vecinas del barrio pobre de la ciudad y escandalizarse a las señoras de bien del barrio rico. Más tarde, cuando su voz cambió y ya era de hombre, empezó a mandar también en el barrio pobre y se convirtió en el cabecilla de una banda que ya no tenía gracia. Atemorizaba a las señoras de bien que dejaron de aparecer por allí, y nunca más se escandalizaron con las macarradas de los críos. Así, descubrió el placer que da el poder, el buen sabor de boca que dejan las caras asustadas de los que te tienen miedo, de los que obedecen asustados.

Se convirtió en un hombre bestia, colosal, que fulminaba a todos con su mirada de soy yo quien manda, cada vez que daba una orden, no dejando lugar a dudas de que había de cumplirse. Al momento y sin más hostias. Continuó en su avaricia por el poder haciéndose del partido, o haciendo el partido a su imagen y semejanza, quién sabe. Mandó sobre el pueblo, en todos los barrios, haciendo que la amenaza constante de su ira provocara que toda oposición desapareciera en silencio, rindiendo pleitesía. Derruyó las casas viejas, pulverizó el régimen viejo, eliminó los recuerdos y borró la historia, para que nadie pudiera pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nunca hubo tiempo mejor. Eso era lo que había que decir, lo que había que pensar. Ordenaba a cada uno cómo comer, cómo vivir, cómo dormir, a quién comprar y a quién no vender. Su poder empezó a hacerse universal, infinito. Y pasó a ser jefe fuera de su pueblo, y mandó en la región, y después en el consorcio de regiones, y después mandó en el país y no paró hasta que mandó en el mundo. Y no pararía hasta que lo mandara todo a la mierda.

(continuará, si queréis)

02 febrero 2007

Studying English


Este regalito de Heidi es especial para los estudiantes de ingles. El otro día intentado huir de la mala leche que me estaba poniendo Losantos (es un tio muy divertido para escuchar por las mañanas pero al final no puedo evitar que se me atragante el desayuno), encontre una emisora de radio que no es de música, ni de cotilleos, ni de política ni de fútbol. Yo sabía que eso era como las meigas que nadie las ha visto pero haberlas haylas.

El caso es que encontré una emisora de radio para aprender ingles. Sí, sí, como lo oís. No es una emisora de radio en ingles, sino una clase de ingles que dura 24 horas y que la puedes tener en cualquier sitio. Y encima gratis. Vamos ideal.

Los locutores son profesores nativos que hacen los programas en ingles pero no es como si pillaras la emisora de la BBC sino que te explican las expresiones que usan, te dicen como se pronuncian, enseñan vocabulario, slang... Yo la escucho en el coche y voy refrescando cositas.

Bueno no se si os sirve de algo pero yo os lo cuento porque me parece algo muy útil. Está en la 101.0 FM en Madrid, pero os paso el link porque también se escucha por internet.

http://www.vaughanradio.com/

That's all folks